La pobreza es la materialización de la injusticia social. Ninguno de nosotros sobreviviríamos a un naufragio si parte de la tripulación remara contra corriente. Eso es, ni más ni menos la solidaridad. La idea de que los seres humanos debemos apoyarnos unos a otros para no hundirnos. La empatía y la acción nos definen como individuos y nos benefician como colectividad. El mayor logro de Vicente Ferrer fue sentirse parte de los excluidos del sistema. Recorrió los caminos de la India junto a ellos hasta su último soplo de vida: “Soy testigo directo de que es posible cambiar este mundo”, decía.  Caminó “hasta que se le rompían las sandalias” - afirma Manuel Rivas en su biografía-. “Ese –continúa- era el día del descanso”.

Anna Ferrer explica que durante los años sesenta y setenta, los intocables adultos andaban encorvados y con la mirada baja para mostrar su sumisión. Se trataba de tener controlada su propia sombra al andar. Había que ser muy cuidadoso con la sombra. La sombra de los parias no podía cruzarse con la de nadie. Incluso en las escuelas, los niños intocables eran situados en las últimas filas y en las esquinas. En ocasiones tenían que escuchar las lecciones fuera de las chozas donde se impartían las clases. Como si se tratara de espectros, sombras o alucinaciones. No eran nada, no significaban nada. Algunos años después, cerca de 3.000 estudiantes se benefician del programa de becas preuniversitarias y universitarias de la organización. ¿Puede existir mejor legado?

La revolució silenciosa (Vicente Ferrer)

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