Cuarenta años de estabilidad democrática y constitucional no son algo menor ni en la historia española ni tampoco en la comparada. Efectivamente, no habría más de una docena de países en el mundo que puedan exhibir esa estabilidad. Y si acudimos a nuestra propia historia sólo el régimen constitucional (que no democrático) de 1876, que duró hasta 1923 (formalmente hasta 1931), es comparable. Dos constituciones de más de 40 años cada una, las dos correspondientes con dos restauraciones monárquicas, la de Don Alfonso XII y la de Don Juan Carlos I. Y las dos dando lugar a los dos mejores períodos de nuestra historia. Pues con la primera restauración España tuvo por vez primera sociedad burguesa, alternancia política, administración pública, justicia y prensa libre, industria, ateneos, ópera, e, incluso, ciencia (y recordemos a la Junta de Ampliación de Estudios, inicio de la ciencia moderna en España). Y la segunda restauración que ahora conmemoramos, en la figura de Don Juan Carlos I y en el marco de la Constitución de 1978, abriría el período más fecundo de nuestra historia. Lo hemos repetido todos hasta la saciedad pero no por ello deja de merecer otra mención: jamás España ha sido ni tan segura, ni tan libre, ni tan próspera, ni tan educada y culta, como durante estas últimas cuatro décadas. No es sólo una impresión personal pues las encuestas acreditan que nada menos que un 72% de los españoles aseguraban con rotundidad que la actual democracia constituye el período en que mejor ha estado nuestro país en su historia. Resultado de una sociedad madura, reflexiva, educada y dinámica, más bien conservadora, aunque se autodefina como de centroizquierda. Incluso datos recientes muestran que más de dos de cada tres españoles (incluidos una mayoría de jóvenes) aseguran que la forma en que se llevó a cabo la Transición a la democracia en España constituye un motivo de orgullo. - 8 - A ello ha contribuido, y mucho, la Jefatura del Estado. Tanto en sus inicios como en su consolidación. Pasar «de la ley a la ley» hubiera sido imposible sin el apoyo y la continuidad de la Corona. Y no es casualidad sino causalidad que algunas (muchas) de las mejores democracias del mundo sean Monarquías parlamentarias. Pero el impacto de la Corona es mucho más marcado en la política exterior. Se dice que el Rey es el mejor embajador que tenemos. Era cierto. Y sigue siéndolo. Por su capacidad para representar al país y por su capacidad para hacerlo en el largo plazo. Minusvalorar el capital social que acumula un rey es menospreciar un activo muy valioso que juega a favor del país. Con esta breve edición de algunos de los más importantes discursos de los dos Reyes, todos referidos a la política exterior, el Real Instituto Elcano quiere sumarse a la alegría de poder conmemorar, en paz, un tan largo período de prosperidad. Sin antes advertir que nada está ganado, y la paz y la libertad se gestionan día a día con pactos, acuerdos y entendimientos. Constitución, democracia y restauración han ido de la mano en nuestra historia y son variables que juegan juntas. Perder cualquiera de ellas sería, me temo, perder las tres.

Los discursos del Rey. España en el Mundo 1975-2018 (Real Instituto Elcano)

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