En el número de marzo de 1942, la revista Astounding Science Fiction, entonces bajo la dirección del mítico John W. Campbell, publicó un relato de un joven escritor cuyo nombre delataba su origen ruso, Isaac Asimov. El cuento, titulado Círculo vicioso (Runaround), giraba en torno al peligro mortal a que un par de operarios sobre la superficie de Mercurio se ven sometidos por el aparente malfuncionamiento del robot del que depende su seguridad, que parece haber perdido (hablando en términos humanos) la cabeza. El problema, acaban descubriendo, es que el ser mecánico, debido a la particular naturaleza de la superficie mercuriana, se ha visto sometido a un dilema irresoluble por culpa de las tres leyes que todos los robots llevan insertadas en sus avanzados circuitos con el fin de impedir que puedan hacer daño al hombre. Con el tiempo, Asimov habría de convertirse en uno de los escritores más populares del género, pero él siempre manifestó que su gran orgullo era, precisamente, haber imaginado esos principios que otorgaron un baño de realismo a un tema, el de la inteligencia artificial, que hasta entonces solía desarrollarse bajo el unidimensional esquema de la máquina que se rebela contra su creador, en el sentido del primer ser artificial de la literatura, el monstruo de Frankenstein. Él no dejó de repetir cómo los científicos le habían señalado en más de una ocasión lo muy sensata que sería la aplicación real de esas Tres Leyes en el inevitable momento en que los robots dejaran de ser una mera especulación literaria. De hecho, descubriría con el tiempo que él era el acuñador de un término hasta entonces inédito que hoy ha hecho carrera: «robótica».

Los robots (Isaac Asimov)

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