Nunca he sido demasiado aficionada al cine negro. Ni los ambientes, ni las temáticas que suele desarrollar, ni la tipología de los personajes me resultan particularmente atrayentes. Dicho esto, «Madera podrida con un clavo oxidado» me ha sorprendido, y para bien.

Su autor, José Luis Ordóñez, juega con los lugares comunes del género, pero logra mezclarlos con buena fortuna con otros más modernos para crear algo que, siendo sin duda una novela negra de detectives, tiene también momentos llenos de humor y algunos giros de la trama francamente interesantes, aunque alguno pueda parecer sacado de la manga, siempre ha sido sembrado anteriormente, con mayor o menor presencia.

La historia que nos cuentan empieza retratando a James McGinty como un certero asesino, para luego convertirlo en detective a causa de la extraña última voluntad de una de sus víctimas. Lo que descubrirá le hará embarcarse en una cruzada personal que le llevará a codearse con gente indeseable incluso para un asesino profesional.

Nos encontramos con los clásicos personajes: el detective, la rubia ingenua, los matones, la mujer misteriosa… y se añaden otros que pueden proceder de un imaginario distinto (esos pervertidos potentados, por ejemplo, sin olvidar la brillante presencia de Errol Flynn), pero que encajan como un guante en el ambiente construido. Y lo mismo ocurre con los acontecimientos. La forma en que se entrelazan las diferentes tramas y las coincidencias permiten al protagonista descubrir tanto los problemas como las soluciones no es propia del género, pero funciona en él a la perfección.

Madera podrida con un clavo oxidado (José Luis Ordoñez)

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