Aunque no es un autor prolijo ni mediático, es sobradamente conocido el trabajo de Manuel Serrat Crespo como divulgador de la cultura de países del área francófona, gracias a sus traducciones y textos propios como Abidjan (1990) y Gbeme-Ho, Kutome-Ho (Palabras de vida y palabras de muerte en el antiguo Dahomey, 2001). También se sabe que, en busca de una voz personal y transgresora, que mucho debe a Los cantos de Maldoror, tiempo ha se introdujo en los vericuetos de la novela y el teatro en Autopsia 69 (1969), El caníbal (1973), Anna o la venganza (1988) y La controversia de Valladolid, todavía sin publicar. Sin embargo, poco se sabía de sus afinidades con ese poeta japonés que le ha suplantado la personalidad en su última obra, Maruyme. Diario de viaje. Y no es porque este confeso romántico antiilustrado, que aboga por el culto a la palabra poética y la insurrección romántica, no haya llamado la atención sobre Maruyme, el poeta de los "ojos redondos". Ora rememorando sus haikús y observaciones literarias, en la terraza de un bar en una ciudad del África subsahariana, ora utilizando algunas de sus reflexiones como epígrafe en la introducción a su traducción (1998) de Los cantos de Maldoror

Maruyme (Manuel Serrat Crespo)

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