El premio Herralde de novela ha recaído en la que es la primera incursión novelística de Marcos Giralt: París. Con anterioridad, un solo libro de relatos –Entiéndame, Anagrama, 1995– venía a revelar lo que se anuncia como una nueva e interesante voz narrativa.

La obra aborda la etapa formativa de un individuo –básicamente su infancia y adolescencia– desde la memoria de un narrador que enhebra los acontecimientos del pasado acentuando su vigilancia sobre un enfoque que le prohíbe olvidar la existencia de dos conciencias superpuestas en la aprehensión de los hechos: la del muchacho que en su día los vivió y la del adulto que actualmente los rememora, selecciona e interpreta. Desde esta perspectiva, el protagonista relata en primera persona una historia singular que contiene episodios de intensa potencialidad dramática, pese a lo cual el narrador no se aparta de un tono sereno y ponderado, ni siquiera cuando reconstruye los instantes más intensos o desconcertantes de su vida. Se diría que predomina en la voluntad narrativa la intención de contar fielmente el poso que la experiencia deposita en la memoria individual, pero sin rebasar los límites de la conciencia contemporánea de los hechos, deslindando cuidadosamente los acontecimientos del pasado y el impacto que causaron al producirse del modo en que gravitan sobre el presente y las posibles adherencias que la desmemoria y la imaginación hayan podido depositar sobre ellos. «Como en mi ánimo no está convertir las sospechas en certezas –escribe en una de las páginas iniciales–, sino en todo caso hacer comprensible lo que vino a consecuencia de que la duda surgiera, no habrá contradicción en mi proceder siempre y cuando todo lo que cuente lo cuente desde mi punto de vista de entonces».

París (Marcos Giralt Torrente)

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